Intentaré ser lo más objetivo posible, sabiendo que, básicamente, la objetividad es antes que nada un efecto de discurso. Retomando a Verón, bien podríamos pensar que el discurso periodístico produce su efecto de objetividad –de cuasi cientificidad– al poner en evidencia las condiciones de producción de las cuales emerge; por el contrario, al ocultar tales relaciones, y por lo tanto presentarse como una expresión directa –plana, frontal– de los fenómenos sociales, se produce el llamado “efecto ideológico”. Apelo a Verón con una doble intención: primero porque se trata de una teoría de la discursividad ampliamente difundida; pero sobre todo, porque es la que seguramente forma parte del léxico elemental que maneja la persona a la que me dirijo, colega de Verón en la maestría de Clarín-San Andrés.
Me refiero a Miguel Wiñazki, el encargado de escribir sobre medios en Clarín, quien por obvias razones se viene pronunciando en contra de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y también de las nuevas formas emergentes de comunicación –que como toda forma de expresarse es fundamentalmente política– como los blogs, que al amenazar el imperio de la palabra oficial de los medios hegemónicos fuimos tachados de pagados por el gobierno. Cosa que es al mismo tiempo falsa –que alguien pruebe que algún bloguero recibió plata– y estúpidamente esquizofrénica: nos acusan de ser pagos aquellos a quienes precisamente les pagan por escribir. Como diría el finado Karl Kraus, un periodista es aquel que no tiene una idea pero puede expresarla; del mismo modo, un periodista argentino es aquel que no tiene idea respecto de qué representan los blogs, pero pueden expresarlo.
Todo esto viene a cuenta de la paupérrima columna de ayer firmada por Wiñazki en la sección Opinión de Clarín, titulado “Contra la prensa, viejas ideas”. Para arrancar nomás se enfada el muchacho, y llenándose de coraje sale con una frase que les encantará a sus patrones: “proceso de incubación ideológico profundo y equívoco”, respecto de lo que llama la “ofensiva antiperiodística” llevada adelante “por una milicia inorgánica, codiciosa y decapitada intelectualmente”. Apalalá, diría Habermas, sobresaltado ante el vigor filosófico de tremenda afirmación. Somos, entonces, milicianos, codiciosos pero intelectualmente decapitados, en quienes se incuba una ideología profundamente equívoca. Te voy a mostrar quien está intelectualmente decapitado, Miguelazo querido.
Dos ejemplos centrales repone Wiñazki en lo que llama –perdonen ustedes– el “antiperiodismo filosófico”. El primero es Karl Kraus, de quien Wiñazki evidencia ignorar casi todo: cita mal su apellido, que es con una ese y no con dos; para colmo, lo escribe cuatro veces: dos bien y dos mal. A cualquier nenito en una escuela de periodismo lo perdonan una cosa: que escriba mal un apellido, pero si lo escribe bien y mal significa que no tiene idea de lo que está escribiendo, y que para colmo no lo corrige. Yo por mi parte mi tomé la liberta de chequear letra por letra como se escribe Wiñazki, que no es como Kraus –¿o Krauss?– un filósofo del antiperiodismo. Además, Wiñazki cita un supuesto libro de Kraus, Contra la prensa, que no es un libro sino una antología de sus escritos en Die Fackel. Digamos que al menos Wiñazki demuestra integridad: no sabe escribir un apellido ni tampoco tiene claro la obra de quien se está ocupando. Bien por ti, muchacho, que nos vuelves más fácil el trabajo.
Como Miguelín nos quiere hacer pasar a su estudiado Kraus por un antecesor de las brigadas de blogueros fascistas que violamos cabras en las esquinas del conurbano, retomo la lectura que el profe Marcelo Burello hace de Die Fackel en el contexto de la Primera Guerra Mundial, y que sirve para entender qué es lo furiosamente critica Kraus:
A ver nene, te lo explicamos todo de nuevo. Benjamin nunca padeció el nacimiento del cine; por el contrario, tanto él como Brecht vieron en el cine una inédita posibilidad estético-política utilizable para la educación revolucionaria de las masas. Se trata, además, de un medio que revela el “inconsciente óptico” así como el psicoanálisis había revelado el inconsciente pulsional. El cine nunca mata los originales de nada, porque se trata de un medio intrínsecamente industrial, propio de la sociedad de masas. Wiñazki, que evidentemente no entiende nada, afirma que en Benjamin el cine era una degradación de las artes: errado de toda posibilidad de error, intentando quebrar el récord mundial de confusión. En Benjamin, existen al mismo tiempo la reflexión sobre las potencialidades políticas de los nuevos medios masivos con las investigaciones estéticas acerca del estatuto del arte ante las revoluciones tecnológicas. En cuanto a esto, su principal tesis –recontraconocida– es la de que en la reproducción técnica de las obras de arte se produce la destrucción del aura, entendida como su núcleo de unicidad inmanente de la obra artísitica. Pero esto no equivala a condenar las reproducciones: Benjamin interroga las nuevas condiciones emergentes de la experiencia estética, signada por la atrofia del aura como “manifestación irreductible de una lejanía”, es decir, de la individualidad de la obra en una situación específica de contemplación; pero al mismo tiempo resalta que la reproductibilidad técnica favorece el encuentro del arte con las masas, dado que las obras “van hacia el encuentro” de los espectadores. Como diría alguien que conozco: Miguel, vos tenés un matete en la cabeza.
Pero esto sigue. Dice Michael: “[Benjamin] Sostenía que la vivencia estética era la visión que unos pocos tenían de las obras de arte únicas, originales y alejadas del gran público”. Error, sobre todo por deshistorizador. Benjamin expone antes que nada un cambio de escena –para usar la metáfora de Habermas respecto de Nietzsche– en el sistema de las artes: tal vivencia estética, caracterizada por la unicidad de la obra y la sacralidad de su contemplación, es reemplazada por otra configuración en la relación entre obra de arte y sujeto; por lo tanto, no se aniquila la posibilidad de experiencia estética, sino que se la reemplaza por otra, caracterizado por la posibilidad masiva de acceso a las obras artísticas. Por lo tanto, la temeraria afirmación “El cine era a la pintura lo que el periodismo a la literatura: degradación, masividad y falsedad” es un sinsentido descomunal. Insisito: si alguien en cualquier ámbito académico, por más básico que sea –por caso, los estudiantes de Wiñazki en la Universidad de Belgrano, que dios se apiade ellos, si que es que dios existe y no está para cosas más importantes, como el precio de la lechuga o dónde están las manos de Perón– afirma que Benjamin entiende al cine como un proceso de degradación y falsedad le dicen: mirá pibe, andá a jugar a la esquina que acá estamos estudiando en serio. Degradación supone, antes que nada, una norma ontológica que funciona como ordenador de las expresiones individuales de algo y las clasifica en base a ella; si el cine es una degradación de las categorías, Wiñazki está proponiendo un canon transhistórico de apreciación de las artes, idea de la que Benjamin –¿hace falta decirlo?– no estaría para nada de acuerdo.
Pero hay más, y dale que va. Otro derrape de Wiñazki es decir que “Krauss (otro sic) era compañero de ruta intelectual de Walter Benjamin”. ¿Lo qué? Fueron contemporáneos, eso sí, pero nunca compañeros de ruta, cualquier cosa que eso quiera decir. Sí Benjamin escribió un artículo sobre Kraus: “Karl Kraus, hombre universal”, publicado en 1932 en el Frankfurter Zeitung. Pero eso no los convierte en compañeros de ruta, ni siquiera en amigos en la cola del peaje; de hecho, Kraus mostró ante el texto “una actitud negativa” (cfr. Erdmut Wizisla, Benjamin y Brecht. Historia de una amistad, Buenos Aires, Paidós, 2007, pág. 230n60; traducción de Griselda Mársico).
Espero que Wiñazki no piense que soy un adicto del kirchnerismo pagado por Aníbal Fernandez, que es la forma automática con la que Clarín procede cuando recibe críticas que no quiere tolerar. Para evitarle futuros papelones, le recomiendo volver al viejo truco del oficio periodístico de releer lo que uno escribe, no sea cosa que las burradas salgan impresas. Quizás exista el antiperiodismo filosófico, como Wiñazky dice; de lo que estoy seguro es que el propio Wiñazki nos propone un singular ejericio de periodismo antifilosófico.
Nota. Le mandé por mail a Wiñazki este mismo texto, por si tiene ganas de contestar.
Me refiero a Miguel Wiñazki, el encargado de escribir sobre medios en Clarín, quien por obvias razones se viene pronunciando en contra de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y también de las nuevas formas emergentes de comunicación –que como toda forma de expresarse es fundamentalmente política– como los blogs, que al amenazar el imperio de la palabra oficial de los medios hegemónicos fuimos tachados de pagados por el gobierno. Cosa que es al mismo tiempo falsa –que alguien pruebe que algún bloguero recibió plata– y estúpidamente esquizofrénica: nos acusan de ser pagos aquellos a quienes precisamente les pagan por escribir. Como diría el finado Karl Kraus, un periodista es aquel que no tiene una idea pero puede expresarla; del mismo modo, un periodista argentino es aquel que no tiene idea respecto de qué representan los blogs, pero pueden expresarlo.
Todo esto viene a cuenta de la paupérrima columna de ayer firmada por Wiñazki en la sección Opinión de Clarín, titulado “Contra la prensa, viejas ideas”. Para arrancar nomás se enfada el muchacho, y llenándose de coraje sale con una frase que les encantará a sus patrones: “proceso de incubación ideológico profundo y equívoco”, respecto de lo que llama la “ofensiva antiperiodística” llevada adelante “por una milicia inorgánica, codiciosa y decapitada intelectualmente”. Apalalá, diría Habermas, sobresaltado ante el vigor filosófico de tremenda afirmación. Somos, entonces, milicianos, codiciosos pero intelectualmente decapitados, en quienes se incuba una ideología profundamente equívoca. Te voy a mostrar quien está intelectualmente decapitado, Miguelazo querido.
Dos ejemplos centrales repone Wiñazki en lo que llama –perdonen ustedes– el “antiperiodismo filosófico”. El primero es Karl Kraus, de quien Wiñazki evidencia ignorar casi todo: cita mal su apellido, que es con una ese y no con dos; para colmo, lo escribe cuatro veces: dos bien y dos mal. A cualquier nenito en una escuela de periodismo lo perdonan una cosa: que escriba mal un apellido, pero si lo escribe bien y mal significa que no tiene idea de lo que está escribiendo, y que para colmo no lo corrige. Yo por mi parte mi tomé la liberta de chequear letra por letra como se escribe Wiñazki, que no es como Kraus –¿o Krauss?– un filósofo del antiperiodismo. Además, Wiñazki cita un supuesto libro de Kraus, Contra la prensa, que no es un libro sino una antología de sus escritos en Die Fackel. Digamos que al menos Wiñazki demuestra integridad: no sabe escribir un apellido ni tampoco tiene claro la obra de quien se está ocupando. Bien por ti, muchacho, que nos vuelves más fácil el trabajo.
Como Miguelín nos quiere hacer pasar a su estudiado Kraus por un antecesor de las brigadas de blogueros fascistas que violamos cabras en las esquinas del conurbano, retomo la lectura que el profe Marcelo Burello hace de Die Fackel en el contexto de la Primera Guerra Mundial, y que sirve para entender qué es lo furiosamente critica Kraus:
“Hoy, la prensa escrita se inviste del aura letrada que los demás medios masivos no poseen y se pone por encima de la televisión y la radio en tanto instancia presuntamente superior, más erudita, más refinada, menos inmediata y cruda. Acostumbrados a mofarnos de las trivialidades de la pantalla chica (y hasta de las de la pantalla grande), nos cuesta recuperar la virulencia crítica que los periódicos sin duda merecen como articuladores de la conciencia moderna, y tendemos a sentir que hasta el tabloide sensacionalista es menos indignante -por ser presuntamente más inofensivo- que casi cualquier programa televisivo o radial. Sin la debida atención y la necesaria contextualización, los ataques de Kraus pueden parecer obra de la anacrónica paranoia del momento, resultando obsoletos. Consideremos, por caso, su poema Die Zeitung (’El periódico’), que reza: “¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos árboles sangraron / para que, cegado por las cotizaciones, / veas tu rostro en ese espejo, / y vuelvas a despachar tus negocios? ¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos hombres mueren / para que unos pocos compren placer / y para que la criatura humana disfrute / la inefable ruina de la criatura?” Su tono ético, a fuerza de cansancio, puede sonar envejecido, y el blanco de sus críticas, gracias a la aparición de otras instancias mediáticas aún más cuestionables por sus compromisos técnicos y comerciales, ha quedado a salvo de las peores acusaciones. Y es contra estos olvidos que un atento lector de Kraus -¡y qué otro tipo de lector pueden tener sus páginas!- debe rebelarse” (MG Burello, “Estudio preliminar”, en Karl Kraus, En esta gran época. De cómo la prensa liberal engendra una guerra mundial, Buenos Aires, Del Zorzal, 2010, págs. 17-18).Guarda que hay más, y mejor –o peor, no sé. Sinceramente, como estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UBA, si alguien que haya cursado al menos cuatro o cinco materias dice que “Benjamin padeció el nacimiento del cine. Lo caracterizó como la degradación del arte ‘en la era de su reproductibilidad técnica’”, se le cagan de risa en la cara. No, en serio: lo mandan a la casa y le dicen que vuelva en cinco años. Pero esto dice Wiñazki, para que vean que no invento: “Krauss (sic) era compañero de ruta intelectual de Walter Benjamin. Benjamin padeció el nacimiento del cine. Lo caracterizó como la degradación del arte ‘en la era de su reproductibilidad técnica’. Consideraba que el cine mataba a los originales, que una copia de una película era igual a otra; desestimaba la potencia de una industria que acercaría el arte a millones”. Por supuesto que un lector de Clarín no tiene porqué haber leído –no digo estudiado– a Benjamin, y que por lo tanto no esté en condiciones de darse cuenta de tremenda barrabasada. Digamos que, palabra por palabra, Wiñazki contradice todo lo que Benjamin afirma en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, ensayo escrito hacia 1935-36, pero que sufrió varias enmiendas y reescrituras y sobre el que no existe un consenso entre los comentadores benjaminianos sobre cuál es la versión definitiva.
A ver nene, te lo explicamos todo de nuevo. Benjamin nunca padeció el nacimiento del cine; por el contrario, tanto él como Brecht vieron en el cine una inédita posibilidad estético-política utilizable para la educación revolucionaria de las masas. Se trata, además, de un medio que revela el “inconsciente óptico” así como el psicoanálisis había revelado el inconsciente pulsional. El cine nunca mata los originales de nada, porque se trata de un medio intrínsecamente industrial, propio de la sociedad de masas. Wiñazki, que evidentemente no entiende nada, afirma que en Benjamin el cine era una degradación de las artes: errado de toda posibilidad de error, intentando quebrar el récord mundial de confusión. En Benjamin, existen al mismo tiempo la reflexión sobre las potencialidades políticas de los nuevos medios masivos con las investigaciones estéticas acerca del estatuto del arte ante las revoluciones tecnológicas. En cuanto a esto, su principal tesis –recontraconocida– es la de que en la reproducción técnica de las obras de arte se produce la destrucción del aura, entendida como su núcleo de unicidad inmanente de la obra artísitica. Pero esto no equivala a condenar las reproducciones: Benjamin interroga las nuevas condiciones emergentes de la experiencia estética, signada por la atrofia del aura como “manifestación irreductible de una lejanía”, es decir, de la individualidad de la obra en una situación específica de contemplación; pero al mismo tiempo resalta que la reproductibilidad técnica favorece el encuentro del arte con las masas, dado que las obras “van hacia el encuentro” de los espectadores. Como diría alguien que conozco: Miguel, vos tenés un matete en la cabeza.
Pero esto sigue. Dice Michael: “[Benjamin] Sostenía que la vivencia estética era la visión que unos pocos tenían de las obras de arte únicas, originales y alejadas del gran público”. Error, sobre todo por deshistorizador. Benjamin expone antes que nada un cambio de escena –para usar la metáfora de Habermas respecto de Nietzsche– en el sistema de las artes: tal vivencia estética, caracterizada por la unicidad de la obra y la sacralidad de su contemplación, es reemplazada por otra configuración en la relación entre obra de arte y sujeto; por lo tanto, no se aniquila la posibilidad de experiencia estética, sino que se la reemplaza por otra, caracterizado por la posibilidad masiva de acceso a las obras artísticas. Por lo tanto, la temeraria afirmación “El cine era a la pintura lo que el periodismo a la literatura: degradación, masividad y falsedad” es un sinsentido descomunal. Insisito: si alguien en cualquier ámbito académico, por más básico que sea –por caso, los estudiantes de Wiñazki en la Universidad de Belgrano, que dios se apiade ellos, si que es que dios existe y no está para cosas más importantes, como el precio de la lechuga o dónde están las manos de Perón– afirma que Benjamin entiende al cine como un proceso de degradación y falsedad le dicen: mirá pibe, andá a jugar a la esquina que acá estamos estudiando en serio. Degradación supone, antes que nada, una norma ontológica que funciona como ordenador de las expresiones individuales de algo y las clasifica en base a ella; si el cine es una degradación de las categorías, Wiñazki está proponiendo un canon transhistórico de apreciación de las artes, idea de la que Benjamin –¿hace falta decirlo?– no estaría para nada de acuerdo.
Pero hay más, y dale que va. Otro derrape de Wiñazki es decir que “Krauss (otro sic) era compañero de ruta intelectual de Walter Benjamin”. ¿Lo qué? Fueron contemporáneos, eso sí, pero nunca compañeros de ruta, cualquier cosa que eso quiera decir. Sí Benjamin escribió un artículo sobre Kraus: “Karl Kraus, hombre universal”, publicado en 1932 en el Frankfurter Zeitung. Pero eso no los convierte en compañeros de ruta, ni siquiera en amigos en la cola del peaje; de hecho, Kraus mostró ante el texto “una actitud negativa” (cfr. Erdmut Wizisla, Benjamin y Brecht. Historia de una amistad, Buenos Aires, Paidós, 2007, pág. 230n60; traducción de Griselda Mársico).
Espero que Wiñazki no piense que soy un adicto del kirchnerismo pagado por Aníbal Fernandez, que es la forma automática con la que Clarín procede cuando recibe críticas que no quiere tolerar. Para evitarle futuros papelones, le recomiendo volver al viejo truco del oficio periodístico de releer lo que uno escribe, no sea cosa que las burradas salgan impresas. Quizás exista el antiperiodismo filosófico, como Wiñazky dice; de lo que estoy seguro es que el propio Wiñazki nos propone un singular ejericio de periodismo antifilosófico.
Nota. Le mandé por mail a Wiñazki este mismo texto, por si tiene ganas de contestar.
8 *:
Y bue. Ojalá conteste.
me costó leerlo, pero qué buen blog.
Buenisimo. Estoy esperando la respuesta...
Coincido en la lectura de Benjamin que es clarisima. Me dieron ganas de escribir un post.
Mendieta, ojalá. ¿Se animará?
Marie, hola, gracias.
EC, gracias. Orgullo viniendo de una piechdí.
Baleno, ¡escriba!
Estoy segura de que usó a Karl Kraus nada más que porque se escribe con K. Después lo ató todo con alambre.
Se creen tan impunes que falsean la historia de la historia! Lo de Benjamin no tiene perdón de la Escuela de Frankfurt.
vieja, altísimo, altísimo post. Wiñazky debe ser .... aaahh no me hagas hablar!
Y entonces Krauss (sic) le dijo a Benjamin su frase matadora: "tu ruta es mi ruta".
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