Hoy, después de no me acuerdo el día que empecé, finalmente terminé de limpiar la pileta. Finalmente es un decir, porque todavía falta pintarla y dejar que se seque la pintura y ponerla a llenar y esperar que se llene, y recién ahí hay un finalmente digno, que es "finalmente me puedo tirar de bomba" o similares.
La tarea de hoy no era mucha. Estuve más o menos una hora sacando el resto del agua casi prodrida a baldazos (proceso durante el cual rompí un balde, casi nuevo, que mi madre había comprado hace poco en Carrefour. Era –bueno, técnicamente es– un balde naranja, de una extraña forma que no es del todo circular como los baldes que Perón nos tiene acostumbrados, de ahí su mala calidad, seguro). El útlimo tramo, auxiliado por un tarrito llenador de balde, cuando ya quedaba poca agua. Como soy un auténtico bricoleur pileteril, al carecer del insoslayable tarrito, improvisé con un cacho de botella de plástico, estratégicamente cortada para los fines requeridos.
Eso lo terminé cerca del mediodía. Después comí. Después tuitié lo que había hecho hasta el momento. Después fui a completar la segunda etapa: la hidrolavada. Empezó mal, porque meterle la manguera a esa máquina del demonio es mucho muy difícil, por el tamañor del agujerito designado a tal fin. Pero pude, nuevamente improvisando: calenté agua, mojé la manguera con agua caliente hasta que se ablandó el plástico y ahí sí, entro como Camaño.
Sigo. Hidrolavé todo bien, tudo legal. Cuando enfuché la máquina empezó a tirar agua fuerte, y yo que me había olvidado de agarrarla antes de hacer contacto, tuve que apurarme antes de que ocurriera una tragedia.
Que casi ocurre media hora después, más o menos, cuando ya había terminado de hidrolavar y estaba sacando el agua. Con escurridor y trapo, limpiaba el piso hasta que el señor don palo de madera del escurridor se partió al medio, y la punta afilada casi se me clava en el pecho, o en la panzá, no sé, para el caso es casi lo mismo. Pero no, por suerte Alá que me cuida evitó que me autoclavara un cacho de madre mientras limpiaba la pileta.
Al rato terminé de secar, junté la mugre restante, guardé todo y me fui a bañar.
La tarea de hoy no era mucha. Estuve más o menos una hora sacando el resto del agua casi prodrida a baldazos (proceso durante el cual rompí un balde, casi nuevo, que mi madre había comprado hace poco en Carrefour. Era –bueno, técnicamente es– un balde naranja, de una extraña forma que no es del todo circular como los baldes que Perón nos tiene acostumbrados, de ahí su mala calidad, seguro). El útlimo tramo, auxiliado por un tarrito llenador de balde, cuando ya quedaba poca agua. Como soy un auténtico bricoleur pileteril, al carecer del insoslayable tarrito, improvisé con un cacho de botella de plástico, estratégicamente cortada para los fines requeridos.
Eso lo terminé cerca del mediodía. Después comí. Después tuitié lo que había hecho hasta el momento. Después fui a completar la segunda etapa: la hidrolavada. Empezó mal, porque meterle la manguera a esa máquina del demonio es mucho muy difícil, por el tamañor del agujerito designado a tal fin. Pero pude, nuevamente improvisando: calenté agua, mojé la manguera con agua caliente hasta que se ablandó el plástico y ahí sí, entro como Camaño.
Sigo. Hidrolavé todo bien, tudo legal. Cuando enfuché la máquina empezó a tirar agua fuerte, y yo que me había olvidado de agarrarla antes de hacer contacto, tuve que apurarme antes de que ocurriera una tragedia.
Que casi ocurre media hora después, más o menos, cuando ya había terminado de hidrolavar y estaba sacando el agua. Con escurridor y trapo, limpiaba el piso hasta que el señor don palo de madera del escurridor se partió al medio, y la punta afilada casi se me clava en el pecho, o en la panzá, no sé, para el caso es casi lo mismo. Pero no, por suerte Alá que me cuida evitó que me autoclavara un cacho de madre mientras limpiaba la pileta.
Al rato terminé de secar, junté la mugre restante, guardé todo y me fui a bañar.
1 *:
Hubiera sido una tragedia difícil de explicar.
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