A las once de la mañana, me tomé un café y abrí el paquete de Frutigran que había comprado abajo, antes de subir a la oficina. Comí dos o tres, me llamaron, guardé todo y salí corriendo.
A las ocho de la noche, comí un pebete de jamón y queso.
A la tres o cuatro de la tarde, ya del otro día, creo que me comí una hamburguesa.
Nunca tuve hambre.
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